El mundo de Elena se había reducido a una pantalla de cristal y a la geometría de una cama mal tendida. Aquella mañana, al salir de la casa, intentó que sus movimientos tuvieran la ligereza de la normalidad, pero el estómago se le revolvía con una náusea que no era física. Era la náusea de la incertidumbre. Durante horas, el teléfono fue su único horizonte. Él no se conectaba. La última señal de vida digital había sido a las 11:08, apenas unos minutos después de lanzarle una pregunta que parecía una cortesía obligada: “¿Cómo sigues? ¿Ya te dormiste?”. Elena, dopada por el cansancio y el peso de los días, no vio el mensaje hasta pasada la medianoche. Él no volvió a aparecer hasta las 8:19 de la mañana. Para entonces, Elena ya había librado mil batallas mentales. En el silencio de la madrugada, una frase se repetía como un mantra punzante: Está con ella. Cuando finalmente le escribió, intentando disfrazar su agonía con un sarcasmo amargo, le dijo que lamentaba que no hubiera podido queda...