El mundo de Elena se había reducido a una pantalla de cristal y a la geometría de una cama mal tendida. Aquella mañana, al salir de la casa, intentó que sus movimientos tuvieran la ligereza de la normalidad, pero el estómago se le revolvía con una náusea que no era física. Era la náusea de la incertidumbre.
Durante horas, el teléfono fue su único horizonte. Él no se conectaba. La última señal de vida digital había sido a las 11:08, apenas unos minutos después de lanzarle una pregunta que parecía una cortesía obligada: “¿Cómo sigues? ¿Ya te dormiste?”. Elena, dopada por el cansancio y el peso de los días, no vio el mensaje hasta pasada la medianoche. Él no volvió a aparecer hasta las 8:19 de la mañana.
Para entonces, Elena ya había librado mil batallas mentales. En el silencio de la madrugada, una frase se repetía como un mantra punzante: Está con ella. Cuando finalmente le escribió, intentando disfrazar su agonía con un sarcasmo amargo, le dijo que lamentaba que no hubiera podido quedarse más tiempo con la otra.
La respuesta de él fue un muro de niebla: “Diosito sabe cosas”.
Cuando él regresó a la casa, Elena estaba lista. Estaba esa armadura de silencio y molestia que se ponía siempre que sentía que su dignidad goteaba por las grietas del WhatsApp. Lo vio entrar con su habitual ligereza, un "Hello, hello" que sonaba a insulto en medio de tanto dolor acumulado. Ella respondió con un "hola" seco, mientras lo veía alistarse para la cena con su hermano.
En el trayecto, Elena rompió el pacto de silencio.
—¿Cómo te fue con ella? —preguntó, intentando que su voz no temblara—. ¿Qué sentiste después de no verla seis meses?
Él esquivó la bala con una precisión quirúrgica.
—Anda viendo casas para su marido. Planean comprar una que sea un punto medio.
—Eso es lo que ella hace —replicó Elena, sintiendo el fuego subirle por la garganta—. No pregunté eso. Pregunté cómo te sentiste tú.
Entonces, la temperatura en el auto bajó varios grados. Él respondió con una voz gélida, una que Elena no reconocía del todo.
—No quiero hablar de eso contigo.
—¿Entonces cómo se supone que hablemos? —estalló ella—. Solo trato de que seamos amigos, de que esto sea normal.
—¿No podemos ser amigos y solo hablar de cosas en común? —dijo él, sin mirarla—. Ella no es algo en común. ¿Por qué quieres saber de algo que te lastima?
—Porque quiero que deje de lastimarme —confesó ella, casi en un susurro.
—¿Y qué tenemos en común? —continuó él, visiblemente molesto—. Según tú, nada. Solo el trabajo. Entonces, ¿por qué seguimos siendo amigos? ¿Qué te aporto yo para que sigas aquí?
Elena buscó una respuesta que no la dejara desnuda. Se fue por la tangente profesional, hablando de conocimientos técnicos, de aprendizaje. Él aceptó la tregua con un pragmatismo cruel: "Hablemos de eso, entonces. Porque tus preguntas no se sienten realmente interesadas".
Caminaron la última cuadra en silencio. Elena lo abrazó y él devolvió el gesto, un simulacro de paz en medio de la guerra fría. En el restaurante, ella esperaba el colapso. Esperaba verlo sacar el teléfono para escribirle a la mujer casada, esperaba sentir el vacío en la boca del estómago, pero no ocurrió. Él se mostró cercano, atento. Tocó su pierna debajo de la mesa, se mostró disponible frente a su hermano, actuando con la naturalidad de quien no sabe —o no le importa— que está rompiendo a alguien por dentro.
¿Cómo puedes actuar como si fuéramos pareja?, pensaba ella mientras él se quedaba dormido en el camino de regreso.
Pero la paz era un espejismo. A las tres de la mañana, Elena no se levantó por una necesidad física, sino por el hambre de una verdad que la quemara de una vez por todas. Tomó el teléfono de él. El historial de ubicaciones fue su mapa del tesoro maldito. El hotel, la hora de entrada el viernes por la tarde, la estancia en el Celtics Pub hasta la medianoche, el regreso a la habitación y la salida definitiva a las nueve de la mañana, justo cuando lo buscaban para el trabajo.
Luego, los mensajes. No hubo confesiones de amor eterno, solo la brutalidad de lo cotidiano. Recordó aquel mensaje de un encuentro anterior: “Me dejaste moretones en las bubis”. Y el de esta vez, una insinuación que cerraba el círculo: “Y eso que ayer sí te dejé dormir”.
Elena dejó el teléfono. Se repitió a sí misma la verdad cruda, la que no tiene filtros de romance: él estaba con una mujer casada, sin protecciones, sin cuidados, viviendo una vida que a ella la excluía sistemáticamente.
Se había jugado su última carta. Su "pase de abordar" hacia una nueva vida dependía de una respuesta externa que aún no llegaba. Pero mientras esperaba, Elena comprendió que, si le decían que no, tendría que usar ese mismo coraje nacido de la obsesión para construir su propio inicio. Porque ya no quedaban más mensajes que leer, ni más ubicaciones que rastrear. El mapa estaba completo, y no la llevaba a ninguna parte donde ella quisiera quedarse.
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